No muy lejos de los ombúes, Santa Teresa es un excelente lugar donde hacer noche
A Marcos y a Laura, que supieron encontrarse
en la distancia y me invitaron a su animada charla
El ombú es un gran hierbajo, un gran hierbajo tan grande que en realidad es una hierba gigante disfrazada de árbol. Pero tan hierbajo es también, que si cortamos por la mitad su tallo disimulado en tronco, no encontraremos los clásicos círculos concéntricos que normalmente permiten determinar la edad de toda planta arbórea. De hecho nos resultaría más fácil desmenuzar dicho pseudo-tronco que cortarlo. Y es que el crecimiento del ombú no sigue el patrón habitual de todo árbol cabal, sino que es bastante más desordenado y creativo, y tan hábil que resulta capaz de derribar sus propios "tabiques", y se abre y cierra sobre sí mismo, e inventa caminos... y si cae en el cumplimiento de su deber natural, una nueva generación surge para desarrollarse superpuesta al cadáver. Tal pauta de crecimiento hace que sea difícil saber cuánto tiempo habitan el lugar los ejemplares, a partir de los diez mil años que lleva el Atlántico gentilmente retirado de estas tierras.
Hay quien ha querido ver en esta planta de tan ácrata carácter una estrecha relación con la mismísima teoría del caos, presentándola como metonimia en corcho de todo el funcionamiento del Universo.
Vaya, y pensar que yo creía que era simplemente el nombre de una glorieta de Montevideo... en cuyo centro hay un ombú.
Todo aquello explicó Marcos, en un discurso que reivindicaba su lado del arroyo, aquel en que el proyecto de conservación y repoblación se basa en el lema "ni árbol ni arbusto". Y es que el ombú da para hablar pues, y Marcos es consciente de ello. De su bosque de ombúes ha sabido exprimir, a base de verbo, todo un parque de atracciones.
En el departamento de Rocha, a tan sólo un par de kilómetros del celebérrimo Cabo Polonio, la ruta se ve cruzada por el arroyo Valizas, canal de agua entre dulce y salada que conduce a la Laguna de Castillos. Por módico precio, un servicio de botes manejados por pescadores que dedican la noche al camarón y el día al transporte de viajeros te conduce lentamente por el angosto canal hasta un punto ya cerca del lugar donde el mismo se ensancha y desemboca en la laguna.
A la izquierda, la reserva pública estatal de ombúes, un bosque donde los grandes hierbajos se amontonan sin orden, abigarrados para regalar generosas sombras, obedeciendo al caos no sólo en su crecimiento sino también en sus relaciones, abrazados sin pudor, todos con todos. En la orilla derecha del canal, el proyecto dirigido por Marcos, un bosque aireado y luminoso, donde los ombúes se van metiendo en vereda, más distantes y alineados.
La morada del Príncipe, en la otra orilla
El recorrido por ambos bosques resulta tan minúsculo que hasta el nombre parece quedarles grande, y a priori se diría que no dan para hacer de ellos un gran reclamo turístico. Sin embargo se trata de los bosques de ombúes más grandes del mundo. No es poco si tenemos en cuenta además que el ombú es por lo normal un ser algo ermitaño que crece solitario en las zonas húmedas del Cono Sur.
El lugar es además un magnífico retiro. Marcos vive junto a otros trabajadores del proyecto en una casita sin agua corriente ni luz eléctrica, que hace las veces de parador, a orillas del canal. Desde ella la vista alcanza a engullir, con ánimo de impactar en la memoria hasta lograr un recuerdo perseverante, los pastos, la laguna y las lejanas colinas que le suceden en el camino hacia el horizonte occidental. Por lo demás, silencio y hamaca paraguaya, y una apabullante desaparición de todo apuro por regresar en el bote y seguir camino. Y allí me quedé la tarde entera, viendo desembarcar, ombudear, brevemente retozar y embarcar de vuelta a sucesivos grupos de visitantes que religiosamente seguían a Marcos para internarse en la magia del bosque.
Y Marcos los conducía sin prisa pero sin pausa, con un humor de aislado, humor tan propio como desnudo de gestos y entonaciones. Marcos jugaba con ellos, sonreía a destiempo, contestaba a medias, asustaba y enredaba, sorprendía bromeando sin inmutarse. Sobre todo, Marcos desconcertaba. Marcos, un talludito de flequillo canoso, despreocupadamente ataviado con pantalón corto y polo a rayas, tenía curiosamente una edad tan difícil de determinar como la de sus amados ombúes, y uno llegaba a preguntarse si no llevaría allá tanto tiempo como ellos. Sólo el halo científico que le otorgaba su condición de responsable del proyecto de conservación podía dar alguna pista, en cualquier caso complicada de seguir. Ni siquiera se lograba tener claro si aquellas canas estaban acertadamente puestas sobre su frente.
Sobre todo pues, Marcos desconcertaba. Desconcertaba, digo, a los adultos. Desconcertaba a quienes sí conocen sus propias edades, les otorgan un peso y se empeñan en desempeñar los años como dios manda.
Porque los pocos niños y niñas presentes en la excursión a la que yo me uní, le seguían entusiasmados, tanto que ahora mi recuerdo me quiere engañar y me los muestra dando brincos de comprensión a su alrededor, tratando de multiplicar sus pasos para no perder detalle del parlamento extraño de tan misterioso guía. Los gurises disfrutaban como los enanos que eran, lejos de las playas, de las consolas y de los columpios. Recorrían un bosque absorbidos por explicaciones en voz tenue sobre enormes raíces rebeldes y retorcidas, semillas en racimo, relaciones intergeneracionales vegetales y ramas caprichosas.
Imagino que jamás, en ninguna escuela, una lección de botánica comprimida debió suscitar semejante atención en tan pueriles audiencias. Y que nunca antes un botánico instructor debió recurrir a tales argumentos para encandilar sus oídos y dejar caer luego, con revelador disimulo, lo verdaderamente importante.
"¿Recordáis 'Alicia en el País de las Maravillas'? ¿Alguien puede decirme cómo empieza la historia? ¿Alguien recuerda por dónde entra ella?"
Marcos hacía estas preguntas mientras el grupo se aproximaba con curiosidad a un ombú que mostraba en su panza un gran agujero por el que podría pasar una persona de estatura media sin miedo a mancharse. Una persona que no tuviera miedo a mancharse, quiero decir. Y señaló:
"Sí, Alicia entraba por un agujero como éste. Pero en realidad, lo de 'Alicia en el País de las Maravillas' es lo de menos. Lo verdaderamente importante es 'El Principito'. ¿Conocen 'El Principito'? Es un hermoso libro, un libro que todo el mundo debería tener en la biblioteca de su casa."
Así, allá lejos donde yo me había varado casi sin pretenderlo para deshacer tiempo por un rato, ocurría de nuevo lo invisible inesperado, la certeza encantadora, aquel desenlace de obviedad apenas presentida. "Ah", pensé sin pensar, "es aquí donde venía".
Y es que felizmente ojiabierto, en solitario regocijo, acababa de escuchar de repente cómo Marcos ponía con ademán rutinario el karmicósmico e inesperado colofón a una principitesca semana, semana que se inauguró días atrás con dos citas literarias que me hizo llegar mi ángel de la guarda, a las que había dado vueltas y vueltas hasta llegar a convencerme horas antes a mí mismo, en la mañana misma del mismo Día del Ombú, de que
" El principito' es un libro que todo el mundo debería tener en la biblioteca de su casa. Todos lo hemos leído, pero no siempre permanece en nuestra estantería, tan a mano como debería. Con demasiada facilidad, engullidos por la inercia, lo olvidamos y con él todos los propósitos que un día nos hicimos tras acabar su última página."
Las citas literarias en cuestión, origen y ahora final de una de esas fantásticas piruetas del destino, rezaban impíamente:
Conozco un planeta donde vive un señor muy colorado, que nunca ha olido una flor, ni ha mirado una estrella y que jamás ha querido a nadie. En toda su vida no ha hecho más que sumas. Y todo el día se lo pasa repitiendo como tú: "¡Yo soy un hombre serio, yo soy un hombre serio!"… Al parecer esto le llena de orgullo. Pero eso no es un hombre, ¡es un hongo!
*****
... Pero sucedió que el principito, habiendo atravesado arenas, rocas y nieves, descubrió finalmente un camino. Y los caminos llevan siempre a la morada de los hombres.
-¡Buenos días! -dijo.
Era un jardín cuajado de rosas.
-¡Buenos días! -dijeran las rosas.
El principito las miró. ¡Todas se parecían tanto a su flor!
-¿Quiénes son ustedes? -les preguntó estupefacto.
-Somos las rosas -respondieron éstas.
-¡Ah! -exclamó el principito.
Y se sintió muy desgraciado. Su flor le había dicho que era la única de su especie en todo el universo. ¡Y ahora tenía ante sus ojos más de cinco mil. Todas semejantes, en un solo jardín!
Si ella viese todo esto, se decía el principito, se sentiría vejada, tosería muchísimo y simularía morir para escapar al ridículo. Y yo tendría que fingirle cuidados, pues sería capaz de dejarse morir verdaderamente para humillarme a mí también... "
Y luego continuó diciéndose: "Me creía rico con una flor única y resulta que no tengo más que una rosa ordinaria. Eso y mis tres volcanes que apenas me llegan a la rodilla y uno de los cuales acaso esté extinguido para siempre. Realmente no soy un gran príncipe... " Y echándose sobre la hierba, el principito lloró.
Antoine Saint-Exupéry. "El Principito".
Creo que Marcos, el Niño, el Ombú disfrazado de hombre, no ha olvidado este gran clásico. Y por eso me encantará volver a visitarle.
Por cierto, acabo de ver el libro imprescindible en un diminuto puesto callejero, el primero al que por azar me arrimo a husmear.
¿Marcos? No, otro morador del lugar igual de sorprendente, el pequeño comedor
de tierra, en actitud de "no comment". Al fondo, el ombú-caseta de perro
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