viernes, 13 de febrero de 2009

TODO EAU, DE TOILETTE

1680, año de gracia de nuestro señor, los portugueses en Río de Janeiro se huelen la que se avecina en breve cuestión de siglos, y temerosos de tanta samba y paroxismo carnavalero, se echan a la mar en busca de más tranquilos territorios, donde no abunden las palmeras y ni los climas generosos que puedan excitar el ánimo de los futuros esclavos.


Buenos Aires visto desde Colonia del Sacramento (lo juro, o si no mirad con lupa o guardad en mi pc y ampliar). La isla de San Gabriel, fuera de plano, no es la que se ve. El color del agua da a las playas de Colonia un encanto único.

En echando de menos a sus vecinos ibéricos, que tanto pasan de ellos, encuentran un lindo enclave desde el que observar de reojo las torres de apartamentos de la española ciudad de Buenos Aires, más o menos allá donde el Río Uruguay, aún no bautizado y nunca bautizador, empieza a desmesurarse para pasar a ser Río de la Plata. Se instalan primero en la minúscula isla de San Gabriel, desde la que observan cuales voyeurs a los desprevenidos nativos que habrán de utilizar como peones de construcción, antes de aniquilarlos, los muy perezosos. Tras su desembarco en tierra firme continental nacería lo que fue el primer asentamiento europeo, ilegítimo y "descubridor" en el suelo del Uruguay, la bella ciudad de Colonia del Sacramento.

La ciudad, que pasaría alternativamente de manos portuguesas a españolas unas cuantas veces a lo largo de centurias, seguiría recibiendo extraños de lejanas tierras hasta nuestros días. LLegaron esclavos africanos una vez que los colonos, viendo que tocaba volver a trabajar, se arrepintieron de no haber dejado ningún nativo con cabeza. Llegaron colonos españoles, llegaron los ingleses a probar suerte también, llegaron suizos, llegaron italiani y hasta argentinos, tan lejos y tan cerca... Junto a otros, llegaron españoles de nuevo a principios del siglo XX huyendo de la pobreza, a mediados del mismo siglo huyendo de la pobreza, y a finales de él huyendo entonces del aburrimiento, como tantos y tantos turistas que recorren la ciudad cámara en mano. Y es que Colonia, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en virtud de su exclusiva fusión de los estilos arquitectónicos coloniales portugués y español, es la joya turística de un país en el que las guías destacan las playas, Colonia, el tango, los asados y... y... esto... restaurantes, campings, centros comerciales, pizzerías... el museo del azulejo o las características de la bombilla del faro...


Los avances de la técnica al servicio de los nuevos colonos:
ya no hace falta llevar a los esclavos a todas partes

También las gentes de Colonia, como los demás uruguayos, han salido fuera. Las visitas se han dado en ambos sentidos y sin embargo no siempre con reciprocidad en materia hospitalaria. Una pequeña y cuidada guía de ocio local incluía entre sus páginas un montaje fotográfico alegórico de un justo sentir que ya he podido percibir aquí en varias ocasiones. En una imagen en blanco y negro, una sobreactuada escena cotidiana en un bar de aspecto castizo, con un breve texto explicativo: "María y Manolo, españoles llegados en 1920 a Colonia huyendo de la pobreza, atienden en su bar a su paisano Andrés". En la imagen contigua, un personaje con su mate y su silla playera a cuestas (caracterizado como uruguayo pues), aguanta con gesto temeroso la mala leche de dos uniformados. Todos ellos están representados por los mismos modelos/actor que protagonizaban la escena anterior, y el texto reza algo así como: "María y Manolo, agentes de inmigración del aeropuerto de Barajas, poniendo trabas al ingreso de Andrés, ciudadano uruguayo. No saben que Andrés es hijo de María y Manolo, los españoles que llegaron a Colonia casi un siglo antes huyendo de la pobreza". He de reconocer que la reproducción de la literalidad de los textos no es muy fidedigna, pero esa es la idea.



Ya se quejaban en tono irónico Los Prisioneros desde Chile

Las hordas europeas primero llegaron, explotaron, y en pocas generaciones aniquilaron (en Uruguay en concreto se borró toda vida nativa del mapa), y aún siguieron llegando más recientemente como inmigrantes o como empresas extractoras de recursos. A cambio, me recuerdan a veces en improvisadas conversaciones callejeras, de vuelta son malrecibidos y maltratados en su condición de "sudacas". Es decir, que vinieron, vinieron, vinieron y siguieron viniendo, y cuando quisieron volver no les dejamos.

Bueno, me equivoco. A cambio también quedaron en Colonia regalos como la Basílica del Santísimo Sacramento (1808), templo que llamó mi siempre ignorante, imprevisible e injustificable atención por albergar una portentosa acumulación de irregularidades lógico-estéticas recogidas en sus contadas obras de arte sacro. Se me antojó que dichas irregularidades no parecían provenir de una deficiente formación técnica y artística, y preferí así atribuirlas a la mediación insolente de la voluntad transgresora y vanguardista de autores con agudas crisis de identidad.


¿Verdadero arte al aire libre en las playas de Colonia o es que hasta los árboles se achicharran en verano?

Se trataba de un conjunto de tallas de madera en su mayoría, distribuidas a los costados de la nave única en que no se dividía la Basílica. Había una virgen que juntaba las puntas de los dedos pulgar e índice de su mano derecha alzada, lo cual o bien podría ser la primera representación conocida en la Historia del gesto de OK, o bien era una imitación de el witarka mudra de Buda, en lo que sería también indicador de las primeras muestras de apertura de la iglesia católica acongojada por la pérdida de fieles y el tirón de Richard Gere (en ningún caso síntoma de que la terrenal institución hubiera podido entrar en sus cabales, a pesar de que dicho mudra represente el razonamiento). Sea cual sea la intención del artista, lo más sorprendente es que la virgen en cuestión sostenía sin inmutarse en su brazo izquierdo a un niñito (suponemos de nombre Jesús) que no soltaba una pelota (suponemos de fútbol) a la vez que hacía con rictus solemne el signo de la victoria con su inmaculada manita. Desgraciadamente ningún escudo en su camesún indicaba el club al que el redentor dedicaría sus favores.

No muy lejos el arcángel San Gabriel mostraba que no tiene abuela (digo yo) al hacerse acompañar por otro niñito sobre cuyo hombro dejaba reposar su mano, y que no era sino una réplica exacta a escala de él mismo. Puede ser que en este caso al autor se resintiera de la escasez de modelos masculinos, lo cual es una lástima pues quien quiera que fuera el que se prestó al posado, era feo el condenado. Además, daba la impresión de que, comprendiendo que al haber comenzado a tallar por la testa del churumbel, un error de cálculo iba a dejar las piernas desproporcionadamente largas, decidió resolver subiéndolo a hacer equilibrio eterno sobre una bola que no venía a cuento.


¿Más vegetación rebelde? El alumno de Berruguete trató de exhibir en Arco, pero no pasó del bar que hay frente a la Basílica.
Muy recomendable por cierto de visitar, el Drugstore, aunque sea sólo por su decoración.

Estaba presente de igual manera la Virgen de los Treinta y Tres. ¿De los Treinta y Tres qué? Me encantaría dejar que sus imaginaciones echen a volar y especulen con tan numérico título. Háganlo si quieren ahora.

Los Treinta y Tres Orientales son los héroes nacionales de la independencia. Esta nación de asamblearia vocación se negó a rendir tributo a uno solo, complicando así la vida de los estudiantes por venir, o supliendo así la ausencia de innombrables reyes godos. Y así los héroes tienen su virgen también, la cual en este caso sostenía con paciencia una corona de treinta y tres veces el tamaño de su cabeza, que más que lujoso ornamento regio era pues un instrumento de tortura vertebral a largo plazo.

Como colofón, un impagable retablo de la escuela de Berruguete, cuyo autor no se precisa si pasó del primer curso. En el centro del mismo, la única virgen creíble representada hasta ahora por tanto ilustrador de la biblia. Una virgen que te haría cambiar de acera si te cruzaras con ella por la calle en un día luminoso y lleno de gente. Una mole terrible, jorobada, con gesto de desagrado y mala baba cual si hubiera comido un yogur natural con sal. El manto negro cubría siniestramente unas espaldas que anticipaban una especial habilidad para repartir mandobles a dos manos (mancuádruples pues), y llegaba hasta el suelo, permitiendo sólo asomar, dejándolo por imposible, un pie descomunal, del largo de una chapata grande y el ancho de dos. Esta virgen venía a tener el aspecto de la madre de Brian si la misma hubiera tomado sobredosis de colacao en su infancia.

La escoltaban un fraile empeñado en sostener a un niño en edad de caminar solito, y un Jesucristo con barba de chivo grunge claramente cortada en tiempos recientes por algún párroco reaccionario. Este salvador me sorprendió por su capacidad para duplicarse cual arcángel San Gabriel, puesto que se sostenía a sí mismo en su regazo. ¿Quién era el zagal si no, o quién era pues? ¿También el hijo de dios? ¿El nieto de dios? ¿O es que Jesús viajaba desde el futuro para protegerse a sí mismo como si fuera una suerte de autoterminator divino? Cómo exclamaría mi sabio padre, que dirían Monse y Susan (Monseñor y Su Santidad)!


A la derecha, la Basílica. Nada hace presagiar los tesoros que alberga

Sí, ya sé que cualquier persona ligeramente instruida podría ilustrarme justificando tales características y ubicándolas pertinentemente en la evolución de la Historia del Arte, pero en mi condición de dominguero solitario y paranoico receloso de este campo de la creación humana, todo se me antojó un descubrimiento sin igual. Un descubrimiento sin mérito si se tiene en cuenta que el resto de la basílica era pura pared desnuda, todita encalada ella.
Y se quejarán los conquistados, ¿de verdad que esto es normal?

2 comentarios:

elpavoarcoiris dijo...

yo estuve allí, justo por entre las ruedas del coche de época...creo, entre otros "yo estuve allí".

Juanan dijo...

sí, hay quienes recordaban tu paso