Los sentimientos encontrados le pueden asaltar a uno incluso en los más pequeños acontecimientos, lo cual hace posible que el hombre salvajemente contradictorio lleve el vicio de la indecisión hasta la extenuación.
No tengo la preciosa capacidad de atinar en el término medio como bien parecen hacer mis colegas de oficina. Los y las hay que no se cortaban un pelo a la hora de cuestionar mi imagen de John (ese era mi nombre, ¿no?) Travolta. Cualquier día alguien iba a dejarse caer tijera en mano por la tercera planta, lugar donde el equipo de informática y yo vivimos condenados al calor eterno. Yo me excusaba mentirosamente: que si en España siempre he ido bien peinado, que sí aquí el terrible cambio de look (pelo patrás) obedecía fundamentalmente a la velocidad punta que soy capaz de alcanzar con mi velocípedo de fabricación koreana y se conservaba por la mezcla de polvo carreteril con sudor del cuero cabelludo...
Pero yo mismo acepté que me había estado engañando cuando la semana pasada, al llegar un día a la oficina de buena mañana, fui redirigido sin previo aviso a una reunión en el Ministerio de Asuntos de la Mujer, donde en un abrir y cerrar de ojos me vi plantado con facha construida a base de pantalón sucio, chancletas (siempre en recuerdo vuestro), polo por fuera y sin cinturón, ese cinturón que tampoco sirve para nada, siquiera para decorar. Todo coronado por un flequillo fosco que no sabe si quiere ser de Oneto o de Alaska, y se queda ahí siempre señalando al frente pero sin aclarar en qué dirección.
Dado que no quería verme nunca más en similar situación, al día siguiente decidí poner remedio dirigiéndome a una peluquería vietnamita, porque es en las peluquerías vietnamitas donde, según se dice, están los verdaderos profesionales del peine sudasiático. He de reconocerlo, entré acongojado, sin que la camiseta amarilla de rejilla del profesional contribuyera a aliviar mis temores. Todas las explicaciones fueron pocas, tanto como ineficaces: en cinco minutos, el simpático peluquero había perfilado en mi cogote la perfecta imitación a escala de un madelman, esos muñecos soldadescos que llevaban los pelos dibujados con escuadra y cartabón. Y cortó y cortó y cortó en lo que parecía ser la práctica de una de esas imaginativas torturas chinas, pues el peluquero en cuestión debía estar viendo claramente mi rostro desencajado por el pánico. Tuvo que pensar que me hacía un favor cuando decidió dejar la parte de arriba más larga, confundido por los puñeteros años 80, supongo.
Ya había sentenciado yo que aquellos serían los tres dólares peor empleados en tratamientos estéticos, y ya había decidido reanudar mi personal guerra contra el gremio de Llongueras, cuando el rencor y el arrepentimiento dieron paso súbitamente a la que hasta ahora ha sido, curiosa vida esta, la experiencia más reveladora de todas las vividas en este país. Un acontecimiento que me hizo sentir hasta en el tuétano que estaba al este, muy al este de todo lo que había conocido hasta ahora, y que si me dejaba abrir lo suficiente (tanto como para dejar que alguien cuyo idioma no hablo ponga sus manos sobre mi delicada cabellera, reservada durante años a Tere, mi peluquera personal, y a mí mismo), detrás vendrían, cuando menos lo esperara, todos los pedazos suculentos de un nuevo mundo.
Acabada su tarea, el profesional vietnamita me preguntó, intuí, si quería que me lavaran el pelo. Es extraño, pero aún sumido en la decepción acepté la propuesta, y el amigo desapareció de la escena dando paso a una chica que, aún con mi cabello seco, derramó sobre la coronilla un chorro de champú como quien pone el colofón de crema de nata a una tarta de cumpleaños. En la otra mano sostenía un botecito con agua que empezó a dosificar en minúsculas cantidades, mientras la espuma comenzaba a crecer y extenderse al hilo del movimiento circular de sus dedos. Conforme la joven lavadora de pelos imprimía más fuerza a su tarea, mi cabeza se iba balanceando, y yo sentía como me entraba un sueñecito encantador, que se revelaba a todas las luces por la sonrisa lela que se me fue poniendo en la cara. Así estuvo quince minutos que a mí me parecieron mil quinientos, aplicando un masaje capilar, que a veces se dejaba caer también un poco por el pescuezo, momento en que de inmediato subía el cosquilleo aquel que hace que los cachorros felinos se queden bobos cuando sus mamis los mudan de un sitio a otro con sus fauces. Tampoco faltaron esa especie de golpes karatecas con el canto de las manos (aquel movimiento que representa tópicamente los masajes en películas de bajo presupuesto), que aplicados con violencia sobre el cuello acabaron de arrancar mi hilaridad, pues llevaba rato conteniendo la alegría ante tanta sorpresa y relajación repentina. Todo ello sin mediar palabra.
Podéis imaginar que al final pagué los tres dólares dando las gracias en todos los idiomas en que soy capaz de dar las gracias, haciendo mil reverencias y compulsivamente convencido de mantener el pelo a raya con frecuencia mensual a partir de ahora, si acaso no de semana en semana. El personal, claro está, no entendía nada, pues por lo visto esta forma de proceder es lo más habitual del mundo. He aquí la contradicción ahora, la indecisión entre el sacrificio de mi cogote al dios Geyper o la renuncia a la sublimación de un acto tan aparentemente normal como es el ir a la peluquería. Una duda existencial que tendré que resolver en su momento, cuando salga el fruto de este monzón empeñado en regar mi cabeza.
Pero bueno, ¿no hablábamos de la virtud de mis colegas? Pues bien, su capacidad para precisar términos medios se está manifestando poco a poco, y en este caso porque, a pesar de su empecinamiento en que pasara por las manos del profesional vietnamita, ahora el consenso habla y dice que ha quedado demasiado corto, que no le pega a mi cara, que parezco un Buda... Mira que son difíciles de contentar. Menos mal que esto es algo que el tiempo sí remedia.
Bueno, supongo que estaréis con ganas de verme, ¿no? Os cuelgo una foto para que comprobéis que sigo entero.
Jur jur, os jorobáis, que el casco no lo compré por motivos de seguridad
3 comentarios:
jajajaja
ké güeno!
y encima nos kedamos sin verte el look! jajajaja
Besitos y Achuchones
El Señor Obskuro
...cachís...y yo pensando que te vería con el flequillo al viento...
...yo voy el jueves a la pelu, y creo que también tendré masaje aunque no sé cómo saldré de allí...elije un color...naranja, lila o azul...
...cómo te va??
¡!
Estupendo relato!
Pero lo del casco es trampa...
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