lunes, 9 de junio de 2008

SIEMPRE HAY ALGÚN ESPABILADO...


Alguno que no se conforma y amolda las tradiciones más respetuosas a sus querencias, reformulándolas con imaginación para sacar de ellas el máximo partido. En un rato veremos un par de ejemplos.


Seguro que uno de mis colegas del trabajo también celebra por todo lo alto el Año Nuevo Khmer (esa bacanal de aniversario colectivo a la que ya me he referido anteriormente), pero tampoco se ha querido quedar con las ganas de hacer su pequeño y propio cumpleaños. Así que a un servidor le faltó una excusa que le permitiera no incurrir de nuevo en un pequeño rito cotidiano que conoció previamente en una de esas "ynomássantotomás": el rito varonil del bebercio colectivo, que a pesar de su carácter con toda probabilidad universal, aquí tiene sus elementos característicos y diferenciadores.


Sentados a una constelación de mesas metálicas, una decena de compañeros nos dispusimos a disfrutar del ágape en el 65, un restaurante-terraza de tantos, cercano a la oficina y sospechosamente bien nutrido de nativos cada tarde a la hora en que la gente sale del trabajo. Algunos reconocen el local como escuela, y con frecuencia te preguntan si te apuntas a estudiar un poco. Yo, como he dicho, después de la primera lección consideré inoportuno dejarme caer por allí en lo sucesivo.


Todo eran compañeros,- con o de ojaldre sin hache, por no decir ojete u ojal-, ya que una de las premisas del ritual en cuestión es no acudir acompañado por la pareja (hembra, se entiende, pues otras opciones no entran en consideración y provocarían un efecto de confusión desestabilizadora sobre la interpretación de normas de tan profundo arraigo). Pues vaya novedad, diréis. Como veremos más adelante, en general ninguna de estas normas o de los elementos descriptivos del ritual nos resultan ajenos, pero sí sorprende su nivel de institucionalización.


Se supone que otras féminas podrían acudir si no es en condición de pareja (léase hermanas), pero dado que nadie hizo uso de esta posibilidad, interpreto que es deseo de cada uno que el prójimo traiga a la suya, pero que nadie está dispuesto a hacer lo propio y sacrificar así el honor familiar. Pero es que yo interpreto a la ligera, claro está.


Una vez en la mesa, la "beer promoter" (ala, a traducir, que a ver si se encuentra en España, y en español, esta figura hostelera) acerca la caja con las latas de cerveza. Ya llegará el momento de contar las vacías después, pues como están calientes de todos modos, parece absurdo tener que hacer cien viajes ahorrables. La cerveza se sirve con hielo, y mezclando ABC (cerveza negra de alta graduación) con la rubia de toda la vida. Así vista, parece una inocente cocacola (que mal casan estos dos términos). Y comienza el festival, acompañando de un constante fluir de fuentes de anguila, tendones de vaca y algo a lo que llaman queso a pesar de que la leche no está involucrada en el delito de su preparación, sino que se hace con pescado fermentè.


La cosa funciona así en una sociedad en que los gestos de respeto se multiplican a cada momento: por norma, uno no bebe de su vaso si no es tras haber brindado primero con el resto de comensales (bebensales, supongo), los cuales a su vez siguen a quien ha tenido la iniciativa, pues sabido es que está feo brindar sin beber. Esto se traduce en el hecho de que si a uno le entra sed o tiene prisa (como fue el caso), arrastrará con él a las vejigas de todos los demás. Al principio las composturas se mantienen y el ritmo es pausado como el andar de un bicitaxi... pero como cabe esperar, según los primeros tragos van haciendo mella y se hace necesario además pasar el bolo alimenticio, la cosa se descoca, y siempre aparecen los vanguardistas que empiezan a hacer propuestas del tipo "todo del tirón".


"Drink for drunk. If drink and not drunk, why drink?". Esta gente se lo toma en serio y con profesionalidad sin necesidad de ser adolescente. No insinúo que haya exceso de alcoholismo o mucho despiporre, pero si se queda para beber, parece claro que hay que ser respetusos con el objetivo en cuestión. Es gracioso ver, cuando estás cenando en alguna de estas terrazas, como algunos se levantan exhaustos, o como duermen la mona sobre la mesa durante mientras dura tu arroz. Yo ni lo juzgo ni afirmo que sean muchos los que quedan para tomarse unas cerves, que no quiero sembrar tópicos ni arrebatar trofeos.


Siguiendo con los aspectos formales del rito, entretanto, la beer promoter no deja de rellenar el vaso, actuando casi al despiste, de modo que sólo la aceptación de un crimen como es el añadido de hielo al delicioso néctar de cebada acaba por sarlvarle la vida a uno. Ay, la contradicción de nuevo.


En lo que yo asumí como un intento de convencerme para que las facturas por cerveza sean aceptadas como documentos justificativos de subvenciones, otro colega me indicaba que estaba asistiendo a un descubrimiento de un rasgo cultural determinante, queriendo hacerme ver que hasta ahora había permanecido ignorante de la realidad del pueblo khmer. Me explicaba así que esta natural forma de relacionarse entre compañeros se diferenciaba de la nuestra en que en este caso no se habla de trabajo. Nunca sabré si me decía la verdad dado que sigo sin aprender la lengua de esta tierra y por tanto no me enteraba de nada, a pesar de que reconozco que en algún momento estuve tentado de pensar que estaba comprendiendo cada detalle de las conversaciones que me rodeaban. Los hay también que afirmaban a su vez, tras una considerable ingesta del gaseoso líquido, que a pesar de no saber hacerlo media hora antes, ahora eran capaces de hablar inglés sin problema. Y el caso es que yo entendía tales alegaciones, y obviamente en uno de los dos idiomas me tenían que estar hablando: alguna parte estaba aprendiendo idiomas pues.


Mi compañero me explicaba igualmente que era de este modo como se solucionan muchas cosas o se desbloquean negociaciones, de modo que con frecuencia para conseguir los objetivos que a uno le marca su mandato laboral, se hacía necesario llevarse a la otra parte de farra. Políticos incluidos, según contestó ante mi incompresible duda. No pude evitar pensar, en un arrebato de etnocentrismo, que eso también lo tenemos nosotros aunque en versión más espontánea, recordando aquello de "a partir de ahora, todo lo que hagamogs lo haremogs juntogs!" o lo de "de verdad tío, te lo digo ahora que no voy pedo!". Pero lo cierto es que tal vez no lo llevemos al extremo con tanta frecuencia en el terreno de lo profesional (aunque desde luego somos conscientes de los efectos persuasores de una buena cena, café, copa y puro).


Luego, los pensamientos empezaron a tornarse preocupantemente circulares: tal vez mi compañero a su vez estuviera arrastrándome a la ebriedad con el fin de conseguir algo, tal vez ese algo era lo de las facturas por cerveza. O tal vez yo necesitara hacer eso mismo en ese instante, o una y otra vez en el futuro, para conseguir un desempeño exitoso en este país en el que estoy un poco para convencer; tal vez mi escasa habilidad y aguante en este deporte me condenaría al fracaso, tal vez etecétera. Estaba claramente beodo, en eso ya no había tal vez.


Y así habían pasado tres horas... las tres primeras horas. Llegó la tarta que en este caso debió llamarse kit-kat, pues lejos de marcar el final de la ceremonia, sólo supuso una pausa de cinco minutos: el homenajeado sopló la vela, la tarta volvió intacta a la caja, y desapareció para siempre, dejando que el pánico se apoderara definitivamente de mí, ya que la tercera norma, que ya había intuido, es que no puedes abandonar la mesa si no quieres quedar como un perfecto maleducado.


Pero aunque verdaderamente imperfecto, a veces, lo sabéis, a maleducado puedo llevarme la palma, sobre todo si me empuja el miedo a la falta de sueño. Así que alegué una excusa tan cierta como flexible, y es que necesariamente debía guardar la moto a las 21.00, cual ceniciento prematuro y cansino. Sólo así pude salvar mi pescuezo de la perdición última. Los demás fueron capaces de aguantar cuatro horas más a semejante ritmo.


Pues eso, que nada nuevo si lo pensáis fríamente. Como si os estuviera hablando de vuestro bar de la esquina, vamos.


Ya van dos y no más...

2 comentarios:

Anónimo dijo...

A medio camino entre la inocencia de "El antropólogo inocente" y la gracia curiosa de "La tesis de Nancy", es una delicia leer estos posts tuyos, niño melón... :) ¡Disfruta de los bebensales y los comedercios anguilescos! Besos toledanos...

Anónimo dijo...

jajaja
No es extraño el don d lenguas en cenákulos (hasta en la biblia aparece!), ni el ke toda reunión empiece, se desarrolle y se cierre alrededor de una mesa llena la más d las veces de alcohol ke de komidas.
Y kizá ese sea uno de esos absolutos kulturales ke buskaban los popes de la disciplina...
El kaso es k en otro kontinente, unos kuantos hacíamos lo mismo, kon partikular regocijo, interés en el baile, y afortunamdamente kon y sin parejas, xo kon much@s amig@s.
Besitos y Achuchones
El Señor Obskuro