Pues a lo tonto, a lo muy tonto, ya es un mes el tiempo que llevo de novato en este país, o en esta ciudad para ser más exacto, pues lo cierto es que mis incursiones y excursiones (que son lo mismo, pero según se te ve ir o venir) a territorios no capitalinos han sido bastante limitadas.
Poniéndome grave he querido celebrarlo persiguiendo esas emociones que deben estar escondiéndose muy bien escondidas por algún lugar de mi brumoso interior. El ejercicio de la introspección se supone ligado a silencios que diría imposibles en esta ciudad que, dicen algunos, construye el ruido día a día, minuciosamente, como huida de un pasado en el que llegó a quedar calladamente desierta tras la entrada triunfal de los jemeres rojos. El ruido no es tanto celebración como deseo de saberse viva en cada momento.
Sin embargo Phnom Penh ofrece otras ventajas, y si el forzarse a la taciturnia precisa de silencio, no menos importante resulta la condición lumínica. De esto no puedo quejarme, pues los apagones son frecuentes y, aunque (menos mal) no callen el sonido de las motos, las voces de los niños o las radios a pilas, al menos te obligan a dejar de lado cualquier tarea que tan solo cinco minutos antes te parecía una obligación improrrogable.
Así que subido a mi azotea, con el oído jugando al despiste y la vista pegada a los tejados, las nubes indecisas y las estrellas descolocadas, me he preguntado. Y he respondido sorprendentemente rápido que sí, que una vez más estoy enamorado sin saber por qué ni de qué. Que lo estoy a pesar de (o tal vez por ello) que casi no queda nada del pensamiento que me empujaba a trabajar en estos menesteres, convencido de que todos los problemas no eran sino oportunidades de inventar algo distinto a un perverso desarrollo que se mide en número de coches por familia; que el precioso caos que ante tus ojos representa cada día una ciudad como esta había logrado escapar de una maquinaria que a nosotros ya nos ha consumido; que era un caos generador, pura energía que acabaría encontrando la manera de engranarse de manera creativa, dando la espalda a nuestras pamplinas. Que la exclusión podría, por qué no, llegar a ser interpretada como ventaja.
Pero no hay exclusión, ni caos, ni invención posibles. Camboya y sus gentes están incluídas, por supuesto, como lo están las de Burkina Faso, Honduras o Lavapiés. Están incluídas dentro de un sistema perfecto, muy bien orquestado, que por supuesto ha sabido dar a cada uno su papel, y que cada vez deja menos espacio a la improvisación. De no ser así, supongo, yo no estaría aquí.
Tales pensamientos me asediaban, inyectados por mosquitos según creo, sin conseguir por ello arrebatarme mi enamoramiento. Extraño, me he dicho, teniendo en cuenta que hace tiempo dejé de considerarme apto para la práctica del amor incondicional. Así que, dando continuación a la persecución, he podido encontrar la contraprestación que el objeto de mi amor regala. Y es que con todo, Phnom Penh no deja de lograr saciar una curiosidad incierta que no sabe hacia dónde apuntar, un desatado apetito de diversidad. Ese apetito que a veces parece no acabarse nunca, por lo que sabes a ciencia cierta que este será, de nuevo, un amor tan pasajero como imprescindible. Y la diversidad es movimiento, y el movimiento es vida. Aquí se ofrece además con la ventaja de que no por ella dejas de sentirte como en casa casi desde el mismo día en que plantas el pie en su aeropuerto.
La diversidad hasta ahora sólo se ha presentado como pista, como presunta, como folclórica y sintomática, como alivio cómico, o simplemente como contraste a mi corto bagaje, y siempre a base de deliciosos e insignificantes detalles que ni siquiera dan para las historias que aún así en algún momento trataré de contaros: el sistema de reciclaje, los baños de lluvia, las cocheras- cuarto de estar, el elefante madrugador, las inundaciones cotidianas, los monos atracadores (gibones para más solaz de algunos)... Necesito decirme a mí mismo que esta pequeña dosis apenas alimenta una esperanza, para no convencerme de que al final sólo me mueve un espíritu viajero cultivado por la conspiración de tour-operadores, programadores de documentales de la dos y mandamases de la OPEP para seguir sajando mi bolsillo. Aún es pronto, aún urbano mi conocimiento, y siempre nulo mi desempeño con el idioma. Y en Phnom Penh, donde vivo agustamente, se acumula la infinitamente mayor parte del supuesto desarrollo que el país haya podido alcanzar (¿os he hablado ya de la alta concentración de Lexus y Hammers, el 4x4 más caro que existe?).
Espero que el tiempo, pues sólo él puede hacerlo y no mi precaria y perezosa capacidad de observación, me permita descubrir una diversidad real de ideas, de actitudes, de razones... Sea como sea, por reacción, por necesidad, por soledad o por errónea interpretación, mi relación con todo esto ya está formateando una vez más mi inestable chaveta. Debe ser esto a lo que llaman amor.
Hoy os dejo con PIROI, un documental realizado por un amigo, que podéis ver on-line pinchando aquí. Son 20 minutillos plagados de planos geniales y opiniones de guiris como yo. Creo que es un buen reflejo de Phnom Penh, o más bien reflejo de nosotros en Phnom Penh. Merece la pena. Y a lo mejor hasta os dan ganas de venir
5 comentarios:
¿He podido ver a un grupo de camboyanos aprendiendo a bailar "la macarena"?
Es estupendo leer tu blog, de veras.
Cuídate. Un beso fuerte.
Rebeca.
Sí sí, claro que has podido. La Macarena está ahora rompiendo la pana camboyana, en lengua khmer. A mí me sorprendió en un supermercado, regalándome uno de esos momentos preciosos
Bueno, bueno... acabo de descubrir tu blog y... anonadada me hallo!! jejeje Tenía el correo bastante abandonado y ahora mismo descubro que estás en Camboya!! Y eso?
De verdad, me alegro un montón y sobretodo poder leerte para ver cómo va tu experiencia. Me encanta!!
Un beso fuerte, ya me contarás, que ya sabes que Asia es uno de mis puntos débiles!!
Alba Cantón
aqui javitiwin desde el salon de mi casa en bcn con el chochi tirado en un sofa y marcos lianose porros... me parece fatal que me haya enterado por ellos y, un mes despues, de que te hayas a camboya sin decirme nada,,,+
notajuntomas
¿Sabes? Habré de releer este post unas cuantas veces, impregnado (e impregnándome) de sabiduría ancestral y productos del día a día, de hondos pesares y sorprendidas alegrías... La empatía me sobrepasa en estos momentos. Me quedo con ganas de una charla al respecto (charla ilustrada, ya sea por la sabiduría mencionada o por alguna frescuela caña) :) BesoS...
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