Sugiere el Comentarista Anónimo (aunque se desidentifique como tal, sabido es que siempre es el mismo) que relate en alguna ocasión un día cualquiera. Y bueno, he pensado en ello. Durante un día cualquiera, he dado vueltas a un día cualquiera, lo he mirado de lejos y de cerca, desde diferentes ángulos, y hasta cerrando alternativamente los ojos izquierdo y derecho. He recorrido un día cualquiera hacia delante y hacia atrás, me he parado a verlo pasar, he soñado con un día cualquiera.
¿Merece la pena hablar de un día cualquiera? Responder a esta cuestión sólo conduce por reflexiones que, según se asoman de lejos a la esquinita del cerebro, ya están jorobando. Porque al menos uno de mis días cualesquiera, así escudriñado como lo hice con el que ahora termina, no parece digno de género literario alguno. Seguramente acabaría por hundir en el pozo de los worst-sellers a la biografía del más grande crápula, donjuan, inventor, aventurero o artista descompensado.
Lo primero que hago es preguntarme qué carajo hago sentado delante del teclado del portátil, en vez de salir a la calle a deshonrar y mancillar el nombre de este día cualquiera, este día a punto de expirar sin haber conquistado méritos por dejar huella en la memoria; este día cualquiera que atenta contra la vida porque ha preferido no sumarse a la cadena de acontecimientos que le permite a uno tener conciencia de sí mismo, y porque ha consentido que la inercia continúe tapando, poco a poco y en silencio, las puertas del poder ser, del poder hacer, del poder inventar.
Parecen pensamientos dignos de alguien insatisfecho de sus rutinas, ¿no?
Hay vidas plenas de días cualesquiera maravillosos, pero muy pocas vidas se han debido vivir, imagino, a base de días cualesquiera dignos de representación, al menos como tales (tal vez sí aislados de sus días gemelos, obviando el hecho de su cualquieridad). Supongo que el problema llega cuando empiezan a adquirir ese status de "cualquiera", palabra que ahora así, según la paladeo al pronunciarla, se aparece casi como un insulto, en cualquier (ops!) caso como cualificación indeseable. El "cualquiera" es el "qué más da", el "ocho que ochenta", el "Mengano y Fulano"; la indiferencia, lo prescindible, el olvido... y el peor castigo del indeciso.
Ahora parecen más bien pensamientos propios de quien se pierde en el ansia por coleccionar experiencias inauditas, el que muere por más y más dosis de intensidad, presa fácil de la frustración. De entre este tipo de personajes, los mediocres nos conformamos con esperar ese evento, por pequeño e insignificante que pueda parecer, que hará pasar el día a una nueva categoría, la de los días que dan sentido al estar donde se está. Los otros, se lanzan de cabeza a la caza sin tregua.
Supongo, en definitiva, que hay días cualesquiera y días cualesquiera. Cualquier día cualquiera puede dejar de serlo sin previo aviso, y por arte de repetición un día excepcional puede convertirse en cualquiera.
O capaz que el problema es contarlo como un día cualquiera, excluyendo todos los detalles que hacen de cada día un día único...
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Un día cualquiera, estaba yo sentado en una nueva y bien perfumada sala de espera. Esperaba, como es propio hacer en tales lugares, el momento en que a través del sistema de megafonía mi nombre fuera pronunciado al fin por un otorrino de apellido divertido. El Dr. Pelufo me llamaría, tal vez en diez minutos, tal vez en una hora, y yo me levantaría de la silla de plástico disimulando el desgaste de mi paciencia para caminar con decisión hacia el consultorio número dos. Caminaría sin mirar a los ojos de mis rivales en la lista del doctor. Era más que probable que a tan planificada reacción le acompañara un infaliblemente oportuno tropezón, al que pretendería no dar la menor importancia. Luego abriría la puerta y, a pesar de la calma con la que me dirigiría al clásico señor canoso con bata blanca y gafas a media nariz, me vería obligado a secar con disimulo el sudor de la palma de mi mano antes de tendérsela (con firmeza en caso de que la operación de secado hubiera resultado exitosa) a modo de saludo.
Haciendo tiempo en la oficina hasta que llegue la hora de ir al médico
No entendía por qué los nervios, dado que pocas sorpresas cabrían en la conversación. Tal vez aún contaba, un poco sin pensar, con zafar en el último momento del diagnóstico, por otro lado nada preocupante aunque sí tremendamente traumático para alguien como yo, alguien que se ahoga en su propia melomanía.
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Mercury Rev es una banda a la que idolatré con exageración y vehemencia en los tiempos en que yo idolatraba y hacía todo lo demás exagerada y vehementemente; es decir, cuando desconocía lo que era un día cualquiera. Aún ahora que poco a poco me quedo a solas con lo de exagerado, su música sigue despertando inesperadas pasiones en mí, que ya no sé si atribuir simplemente a los recuerdos que desata; a tantas veces que puso provocadora banda sonora a nuestras emociones desde que Lupi, grande, tuviera a bien alcanzarme un cd de portada oscura y misteriosa.
Me consideré afortunado, qué cosas, por el hecho de haberlos podido apreciar repetidamente sobre distintos escenarios. Contaba con ilusión las ocasiones, deseando que resultaran insuficientes los dedos de mis manos, y no sé para qué si ya no recuerdo el resultado de la suma. Llegué a jurar, convencido de ello, que los ojos de Johnatan Donahue se habían clavado en los míos, por encima de más de un millar de personas que le separaban de mis berridos. Y felizmente me abracé con sinceridad irrepetible a mi novio platónico, - el Pavo Cuevas al que con tanto vemod invoco casi a diario-, con la seguridad de estar viviendo uno de los mejores momentos de nuestra preciada existencia conjunta.
Mucho antes, cuando se agotaban los 90 (ah... los 90...), en esa ciudad danesa que alberga a Christiania, el Pavo y yo llegamos a instalarnos días tarde, los días justos para perdernos a Mercury Rev en el Loppen, una sala impensable. Pero como trofeo de última hora conservamos por años, y exhibimos en el piso delirante que durante un período llegamos a compartir en Madrid, el cartel que anunciaba en incomprensible idioma vikingo el magno evento.
Dentro de la casita de juguete que mi buen anfitrión Moëns dejara tan generosa como peligrosamente a nuestra disposición durante un fin de semana, una descomunal mano hecha de sombras se dispuso una noche a atraparme sin prisas al son de la tenebrosa The Funny Bird, pero yo no sentí miedo alguno y la esperaba con mirada atenta, incrustado en el sofá del salón. Durante el largo tiempo que permanecí bajo el techo de este típico hogar monoparental escandinavo, mi salud, sometida en exceso a todos los factores de riesgo siempre acusados de ponerla en jaque, fue más de hierro que nunca.
Y en hierro se forjaron eternas amistades. Jan vino de Suecia, desabrigado bajo la nieve, y nos encontró en Copenhague. Fue verle y enamorarnos de su calma, de su curiosidad, de su capacidad para contener los juicios. Y en más de diez años, largas y constantes ausencias mediante, jamás nos decepcionó su enorme corazón. Jamás llegó a materializarse tampoco nuestro miedo a decepcionarle con tanta presunción canallesca, y nada le escondimos. Jan siempre quiso acompañarnos y descubrir más de nosotros, tan diferentes, a través de ineludibles y casi incómodos interrogatorios, compuestos de preguntas a las que nunca habíamos dado respuesta antes, ni siquiera en la intimidad de nuestras más secretas reflexiones. Y de paso nos regaló un tesoro lleno de días irrepetibles.
Nos condujo empecinado más allá de donde crecen los árboles en plena alerta roja por lluvias pirenaicas. Nos convirtió en improvisados letristas de música techno. Nos observó disimiludamente atónito en el Fib, donde llegó desde el norte con una simple bolsita de la compra como equipaje. Nos felicitó el año nuevo en una Estocolmo gélidamente hospitalaria, y nos brindó a su familia, de la que pudimos formar parte indispensable por el breve lapso que duran unas navidades. Todavía me escribe su madre.

Curioso, en Estocolmo (otra ciudad acuática) se celebra el año nuevo igual que en Montevideo. Los cohetes no son algo nuevo, pero que cada uno tire los suyos abarrotando la ciudad... igual tampoco
Jan adoraba a Mercury Rev, era un niño cabal que escuchaba la música con el corazón. Nadie merecía menos en el planeta que él el castigo de un oído delicado, que terminó por obligarle a bajar el volumen hasta casi no poder percibir los tonos bajos. Pero él tenía mejores cosas que hacer, y siempre fue capaz de beber música de otras fuentes. Jan acabó vendiendo su casa y su vieja vida, y ahora vive de la nada en un monasterio budista cerca de París, donde ejerce de cariñoso cocinero. Durante tres años no podrá ver a nadie (excepto los monjes de la comunidad), y sólo tendrá permitido comunicarse por carta con una mujer rusa, pintora de iconos, que consiguió enamorar a este gran enamorado del amor incondicional.
Con Mercury Rev cerré tantas y tantas sesiones fracasadas como pinchadiscos sustituto en el local donde nos trasnochamos tratando de hacernos mayores de otro modo, sin saber bien cuál ni para qué. Aún lo echamos de menos. Y solamente cuando dicha banda protagonizaba el cierre se amainaban los ánimos del Chochi, que parecía entonces estar incluso un poco menos cabreado, con lo feliz que es en el fondo. Éramos todos como hermanos y esa canción parecía hecha para abrazarse, llorar riendo pero no de risa, tararear al unísono atropellado y balancearse de forma casi coordinada.
Sólo ante los de Buffalo (más chanzas, si tiro de la memoria no terminan nunca, así que esta me la guardo), de entre toda mi discoteca, se avino a derretirse mi resistente e imprescindible compañera, un día en que el aburrimiento de tanta majadería mía le impulsó a acompañarme a uno de tantos recitales. Tras años y años, diría que ellos abrieron la veta por la que al fin mis obsesiones en pentagrama comenzaron a entrar en al universo inmenso de su atención. La Flaca me enseñó demasiadas cosas, y sobre todo a querer aprender, y ahora soy yo quien es capaz de dejar atrás largos prejuicios musicales y emocionarse con composiciones a las que aún no me atrevería a otorgar mi reconocimiento en público. Ella lograba que ningún día fuera un día cualquiera, por más que lo pareciera...
Y eso, y más... hasta hace sólo un par de meses, cuando la voz de Marcos atravesó el Atlántico para invitarme por unos instantes a disfrutar desde Madrid del enésimo show en vivo, de lejos, y creí intuir que empezaba a perderme de algo...
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Así que un día cualquiera en Montevideo, no muy atrás, tan lejos de todos ellos y de tantos otros, yo estaba en una sala de espera. Aburrido. Pasaban los minutos de segundo en segundo, y todo el que llegaba parecía precederme en el orden de entrada al consultorio médico. Yo me debatía resistiéndome a dejarme invadir por el mal humor. Me estoy aprendiendo.
Y entonces me pareció reconocer una melodía, primero un delicado hilo de agudeza lírica que poco a poco traería a una tarde cualquiera toda esa inmensidad de jornadas únicas.
Mercury Rev sonó en la sala de espera aquella, en el hilo musical para gente elegante del Hospital Británico, en el purgatorio donde aguardaba para recibir el veredicto del otorrino, la antesala al doctor que al rato me miraría solemne y me recomendaría seriamente no volver a abusar de los decibelios jamás (sólo los decibelios).
La música de Mercury Rev sonaba a despedida.
Respiré profundo, lo cual me exige un tremendo esfuerzo de concentración, y escuché. Por suerte, la megafonía no tuvo a mal interrumpir la gala para largar mi nombre justo en aquel momento. Y así, miles de escenas me vinieron a la mente, escenas inundadas de esos mismos decibelios que martillearon por años mis oídos llevándose por delante no sé qué células fonotransmisoras, que se han debido espantar para ir a visitar leucocitos a Nemia, de donde ya no volverán.
Durante un tiempo pues pude saborear, rememorar y aceptar la despedida con pena satisfecha. Tantas veces lo dijimos con sorna, "no llores porque se acaba, alégrate porque ocurrió".
Y me inundé de nuevo, con Tonite it shows
9 comentarios:
snifffff
snifffff
t podría decir ke es la astenia (una suerte de vemod ke se bien sabes se vive en Iberia, xo en primaveras y en otoños, entre lusko e fusko, en esas estaciones ke nunka tienen ná de kualkiera);
t podría decir ke es un leve konstipado kogido en Svengali, o en los bruskos kambios de temperatura de pasar de alguna terraza al sol, a la penumbra del salón;
t podría decir ke es un resto de fiexta, xo bien sabes ke no me guxtan ciertas pitanzas;
t podría decir ke es una mota d polvo en el ojo, o ke aún estoy recién levatando,...
xo mentiría!
sniffffffffff
snifffffffffff
¡¡¡xk me has emocionado!!!
El Señor Obskuro
y tú a mí!
No voy a ser capaz de decir nada. Me has inundado, gracias...
No voy a ser capaz de decir nada. Me has inundado, gracias...
dios santo, dos lectores!
Genial, Campeón!!!
Un fuerte abrazo. No los he escuchao nunca, pero estoy deseando vivir un no día cualquiera y abrir receptores a ese grupo del que creo q ya me hablaste pero no presté oído.
Otro fuerte abrazo
Mmm... Cuánto tiempo sin pasar por el blog (lo siento, me sonrojo y disculpo).. Y cuánto lo he echado de menos. ¡Me encanta cómo escribes! Regreso. :-)
impecable
...binta está de vacaciones??...tengo intención de estirarte de las orejas por malo...si algún día te consigo ver...claro está...
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