sábado, 9 de enero de 2010

DESHIELO, EPISODIO I

"En verano el uruguayo deja aparcada la nostalgia, para descubrir de nuevo,

cuando regresa el invierno, que el suyo es un país sin esperanza"

(Taxista Montevideano Anónimo)



Nostálgico uruguayo vigilando el despliegue de la primavera


Brújula, matrícula, farándula, canícula, molécula, película, libélula, cutícula, báscula, Drácula, mácula, rúcula, fístula, mandíbula, crápula, cánula, célula, cúpula, férula, médula, fécula, fábula, cápsula, válvula, fórmula, espátula, vesícula, tarántula, cuadrícula...


¿Por qué tanta palabra esdrújula rima con el propio término que indica la sílaba premiada con tilde?


¿Y acaso un servidor, demente y largamente ausente, se ha propuesto ahora facilitar un catálogo de recursos para trovadores desvocabulariados?


No, más bien es que ahora todo se desata, y mis dactilares latigazos se ensañan con el teclado, ansiosos de agitarse, desmedidos, en violenta sacudida que busca secarse tras el deshielo que encharca el piso con los restos inútiles del invierno austral.


Se deshiela el cerebro, se deshielan los dedos y se deshiela esa cosa llena de tinta con la que a veces escribimos.


Sí sí!
cañafístula (sencillamente sugerente), plántula (cachorro de planta), ménsula (pure design)! siiiiiiiiiií!


Se acabó, se acabó el letargo invernal, el semestre letal en que la ciudad cae por el extremo más gris de una bipolaridad democrática y asambleariamente ejercida. Damas y caballeros, el silencio de medio año ha sido en realidad mucho contar, todo un relato desesforzado, porque en tan pocas palabras casi cupo todo.


Realmente no pasó nada en estos seis meses: sólo muchos días cualesquiera, ejem, un mes en España y conocer a Natnael, un par de viajes a Panamá, otro a Chile, un recorrido por el interior del interior del país de los Treinta y Tres, una metamorfosis grupal, varios secretos laborales, el nacimiento del uruguayito que llevaba dentro (digo... uruguasshhhito), la vorágine electoral, una declaración de amor, un golpe de estado en Honduras del que debí decir mucho más que nada, y mis primeros fastos de cumpleaños en añares ha... Bien, es cierto, sería injusto afirmar que no pasó
res de res. Pero si lo cuento todo, no queda clara la existencia de estos dos Montevideos que se reparten el año a partes iguales como si de un divorcio amistoso se tratara. En este caso la malograda pareja la forman los dos hemisferios de un mismo cerebro colectivo.



Se diría que Panamá City ha estado tomando mucha leche

Ya parecí barruntar manchegamente el cruel período que se avecinaba, según me digo ahora convencido al recordar el último relato, aquel que por marzo desprendía tan abundante tufillo a lloriqueo. Lo que no sabía es que aprendería a querer esta ciudad durante el anodino invierno. La llegada de la luminosa primavera será por tanto como una segunda luna de miel.


Para darse cuenta del arranque del nuevo ciclo estacional no se ha precisado recurso alguno a calendario, ni aún menos almanaque. La realidad se impuso ante mis narices de forma clara cuando, circulando de tarde hace unos días, divisé mi gorro de lana multicolor y orejeras de borlas amputadas, bien ajustado a la cabeza satisfecha de un cuidacoches que ejerce cerca del parque Rodó. La verdad, no tenía ni pajolera idea de cómo la preciada prenda había llegado a posarse sobre tan ajena testa. No alcanzaba a recordar cuándo lo había visto por vez última, en qué momento aún requerí de sus servicios calentadores para la caja ésta redonda y peluda que, sostenida por mi aliviado cuello, sufre constantes fugas de imaginación, propósitos y lucidez.


De repente, viéndolo y recordando su existencia, lo extrañé y lo deseé con agonía. Era mi gorro, mi solitario toque de color, fiel compañero por toda una década, imperturbable ante la sucesión ineficiente de fracasados cambios estilísticos. El regalo de algún amor propio, producto exclusivo y altermundista, cómplice escondite de cortes de pelo con tijera de cocina y sin espejo. Mi gorro, fotografiado más veces que alguna de mis mayores amistades, y sujeto él mismo de una amistad basada en el afán no consumista o en la tacañería más mezquina, según se mire.
Sí, todas las razones eran pocas para convertir el asunto de su extravío en un problema de prioritaria resolución. Y así, de vuelta en mi cuchitril, saqué el detector de lanas de guanaco, removí polvos, clasifiqué ropas arrugadas en acrobáticos montones, e inspeccioné cajones con minuciosidad digna de CSI.



Esa mirada sospechosa... seguro que tuvo algo que ver con la desaparición

Pero el gorro no apareció, y desconsolado por la evidente inutilidad de la tarea de búsqueda y rescate, me dije a mí mismo que se trataba sólo de una cosa. Una cosa, sin más. ¿Quién soy yo para aferrarme con tanta insistencia al
samsara, al mundo material de la creación humana? ¿No es insultante convertir una simple cosa en perseguido objeto de mi obsesión-compulsión?


Pues no me convencí a mí mismo, como suele ocurrir, con estos argumentos. Reconozco que, con una puerilidad quizá provocada por tan prolongado empeño en no dar justa celebración a cada nuevo aniversario de mi nacimiento, por momentos tuve la tentación de reclamar MI gorro a su nuevo, inconsciente y feliz (seguro que feliz, muy feliz) propietario. En realidad ahora pienso que tenía que haberlo hecho sólo por ver la impagable cara de perplejidad que el sujeto mostraría inmediatamente antes de mandarme a hacer unas gárgaras a la plancha. El ejercicio de tan absurda e imposible reivindicación hubiera acarreado al menos una buena excusa para reírme de mí mismo, práctica en exagerado desuso últimamente.


Así fue como comprendí al fin que el invierno debía de estar indiscutiblemente finiquitado. Por tanto no haber echado hasta entonces en falta esa cubierta redentora de tempestades y demás rigores invernales, por tanto no encontrarla, por tanto aceptar su nuevo destino, por tanto resignarme a no pelearla, por tanto ejercitar mentalmente (no puede ser de otro modo) mi supina gilipollez.

¿Qué digo? Miento... me asomo a la calle y hoy sin ir más lejos vuelve a hacer un frío de cien carajos en la escala Richter. El gorro me vendría de perlas y haría bien en correr a recuperarlo...



No se dejen engañar por el brillo. He dicho que hace frío y punto

¿Entonces, si no es el carácter prescindible de la sagrada prenda de abrigo, cómo sé que llegó el deshielo programático, el que tiene lugar al margen de temperaturas, vientos y lluvias? ¿Lo sé sólo porque Montevideo resucita plegado a su agenda con la misma corrección con que el peatón local cruza los semáforos en verde? ¿Lo sé porque ya tengo días de esos en que moqueo hasta asquear, sin terminar de saber si ya caí víctima del puerco?


Si recapacito, recapitulo y reconsidero, me doy cuenta plenamente de que sólo he sido consciente del letargo invernal con el ruido que ha hecho todo al despertar. Sólo despierto se da cuenta uno de que
ha estado dormido. Y eso ocurrió el primer fin de semana de explosión de la primavera oficial.


Igual, después de todo y a decir verdad, aún no tengo muy claro si Montevideo despierta o simplemente se agita mientras sueña, aún dormido. Sinceramente, a mí plin, está igual de lindo en vigilia como roncando.


continuará...

2 comentarios:

Anónimo dijo...

vaya...
no sabía ese cariño tuyo por el gorro...
quizá es tiempo de cambio, y ahora tendrás que hacerte con una górrula :-)

Lupi dijo...

Atónito, inmóvil ante lo estático de tu página, click, click, click....Hoy el júbilo aparece ante tu súbita y célebre cháchara, pletórica y trágica por la pérdida del elástico cubrecráneo.
Plácidamente descanso por tenerte de nuevo por estos dominios, gracias!