lunes, 8 de diciembre de 2008

EL ALMENDRO

Cosas al revés: peces fuera del río. Nada fuera de lo normal

El verano se anuncia, pero no termina de entrar. Parece tener miedo de que al final lo echen, como siempre, a patadas del hemisferio correspondiente. Y entonces llueve.

Para muchos, las estaciones del año son cuatro: verano e invierno, así, por orden alfabético inverso. Por esta razón, esos mismos nos revolvemos pataleando ante sabidurías centenarias que se empeñan en afirmar que "en abril, aguas mil".

Aquí, donde la navidad se celebra en la playa, donde a papá noel le va a dar un sarampión como no se quite el abrigo, ni siquiera sirve ese refrán, consuelo lírico que reduce todo esfuerzo explicativo a la posibilidad de encontrar la rima adecuada, ya sea esta asonante o gramínea, y que sin embargo permanece infalible sin generar por ello el menor gesto de admiración o reconocimiento. Ni un ápice, ni un atisbo, ni un vislumbre, ni ningún otro término de uso infrecuente.

En noviembre, 
aguas mil? 
rima con añil, alguacil, perejil, pollo al grill, boabdil, gelocatil,...
pero no se entiende

¿Veis? Es una relación descompensada.  E injusta. 

Para abril y para mil 
salen a borbotones las rimas, 
como llueven los primos y primas
al morir un tío rico y senil.

Pero con noviembre vamos jodidos. Se acabó la poesía.

Montevideo excitante. Montaña rusa rima con carcamusa

Mis exhaustivas investigaciones han concluido que el tránsito del Ecuador no acepta como medida adaptativa suficiente una mera inversión de roles entre arriba y abajo o entre izquierda y derecha, o una redistribución rebelde de los meses en estaciones. No es simple cuestión de dar la vuelta a las cosas o ponerse del revés (esto ya lo he intentado muy seriamente). No, no podía ser tan fácil. Tal vez temiéndome lo peor, no he sido capaz aún de someter a prueba empírica el sentido de la circulación del agua que desaparece del inodoro para llevar hasta el Río de la Plata los más oscuros y pesados lastres de mi alma corrupta. Y no es que no me atreva a mirar, no, pero inconscientemente he aplicado hasta ahora una observación selectiva que impide distraer mi atención de cosas más terrenales. Puede que a lo tonto haya estado evacuando sin contemplaciones toda intención, toda capacidad de esfuerzo, o lo que quede de ella tras tamaño ejercicio de liberación. Seguiremos vigilando las actitudes entonces.

Porque lo cierto es que tras mes y medio, intachable, Montevideo me reconoce como hijo legítimo, ciudadano de pleno derecho nacido accidentalmente a miles de kilómetros, y llegado tan sólo con algunas décadas de retraso. El retraso no es reprochable aquí, y ese es un primer dato que sugiere el error en mi filiación original. Llegué tarde, pero lejos de molestarse, la ciudad sencillamente no había esperado. Había continuado con lo suyo, a su ritmo (lento para evitar disgustos a los cardíacos sorprendidos), permitiendo luego a mi llegada, con naturalidad distraída, la incorporación tranquila a su inalterable día a día. Así ha parecido ocurrir, y así ocurre en cada jornada, en cada reunión, en cada encuentro de eruditos. Yo, contento, sigo sin usar reloj.

El río. Al fondo, como siempre

Parece algo inalterable Montevideo, sí. A lo mejor es el carácter que imprime el río, descomunal e impávido, omnipresente. Y eso que como río, sus congéneres deben tenerlo por la alegría de la huerta: ya está a medio salar, juega a esconder la otra orilla, se viste de colores caprichosos según el día y el estado de ánimo, regala ocasos de postal y hasta se pone bravo en ocasiones. Pero es un río, eso no se lo quita nadie. Y pasa y pasa, y sigue pasando y pasando por esta ciudad, mientras sus habitantes parecen pensar "qué más da, el río va a seguir ahí", y respiran tranquilos, pasean, se sientan, pescan, toman mate, retozan en parejas de a dos a lo largo de los 22 kilómetros de rambla costanera, pensada para contemplar con serenidad de agotado vencido (y casi agradecido) la maravilla del asedio que no cesa, del rodeo sin empujones. Le profesan un amor del que sólo es capaz una víctima del síndrome de Estocolmo.

Montevideo, donde Juan Andrés no es un nombre de telenovela. Es nombre de estudiosos con plaza en la universidad, de periodistas de enjundia, de cargos de la administración, de cajeros-reponedores del súper... La ciudad donde no tendré que repetir varias veces mi nombre al conocer a alguien, y en la que sin embargo he optado de forma cerril por presentarme como Juan o como Andrés, según el día, para luego no volver la cabeza cuando alguien se dirige a mí utilizando uno sólo de ambos apelativos. Del mismo modo que a veces soy asturiano y a veces de Toledo, según dé, como si pretendiera adivinar en cada ocasión el grado de conocimiento de la geografía ibérica que alberga mi interlocutor. De forma inexplicable, sospecho que donde mejores resultados hubiera generado, he abandonado precisamente ahora el uso del término asturtoledano. Más urgencia en vigilar las actitudes.

Habrá que vigilarlas, porque juraría que aquí se me debió perder algo hace tiempo. Parece que nos parecemos. La ciudad habla por los codos, habla hasta a las moscas. Y cuando habla se queja, diría que es quejica, como yo. "El país está superdiagnosticado", me decía una compañera de trabajo, "ya sabemos de sobra lo que nos pasa, todos nuestros problemas, hay estudios sobre cualquier cosa que puedas imaginar, pero en ningún lado se sugieren soluciones". El hecho no es más que la expresión científica de un espíritu quejumbroso que empiezo a intuir aplastante, pero que ojalá genere un cambio positivo, sólo por reacción.

Humor rockero, fútbol y psicoanálisis. ¿Nos parecemos o no?

La ciudad se queja por los codos pues, habla hasta a las moscas. Bueno, ciertamente, aunque bien quejica y campeón del pesimismo, yo no hablo tanto. Pero escucho hasta a las moscas, o más bien tengo la enorme virtud de dar la impresión de escuchar atentamente cuando me hablan. Soy un buen escuchador, me dicen a menudo. Parezco un buen escuchador, soy mejor mentiroso. Montevideo también parece, parece parecer mucho. En eso también nos parecemos.

Parece que nos parecemos. Tal vez eso sea un problema. Pero puede ser hora de seguir la pista, rendirse al río, escuchar sin fingir, fingir bailar bien, imaginar soluciones... Y que cuando me vaya de aquí, apenas se note.

(Nota: acabas de leer pura opinología temprana. Conocida y reconocida es mi incapacidad de observación)

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