lunes, 10 de noviembre de 2008

VISTE?

Boulevard Artigas. Al fondo, el mar idiota el mar, marcando nuevos horizontes

19 días en Montevideo son toda una eternidad insuficiente.

Si bien las revelaciones transoceánicas se dejaron caer con más prisa que gracia, ahora mi injusto, prematuro y precipitado juicio empieza a sospechar que todas las gracietas se acumularon en unas pocas jornadas, generando así la ilusión del oro y el moro. Aunque con un universo absolutamente distinto de sensaciones, permanece la duda y el reto sobre la capacidad de adaptación y las adivinanzas sobre la conjugación de las actitudes del visitante y el visitado.

Queda claro que no me quiero hacer entender, ¿verdad? Bueno, que habré de dar tiempo al tiempo y vigilarme a mí mismo antes de osar reflejar impresiones, que como buen español me siento tentado a proclamar rauda y gratuitamente. Seremos descriptivos pues.

Lo primero que me llamó la atención fue la rápida corroboración de algo sobre lo que ya había sido avisado pero que dejé caer en el saco de las exageraciones desmemoriadas que alimentan los tópicos: es cierto, los uruguayos (al menos los capitalinos), andan por la calle con su mate en la mano y un termo con agua caliente para rellenarlo bajo el brazo. Y no sólo los que andan de paseo, que también, sino que en cualquier otra circunstancia dan fe de tamaña adicción. Me dejé caer por un seminario en el Palacio Legislativo, en el que las parlamentarias (era sobre el enfoque de género en la reforma penal: lamentablemente los parlamentarios con "o" no se molestaron en asistir, deben estar contentos con leyes que hablan de la "mujer honesta" o que eximen de culpa al violador si se casa con su víctima) sorbían la yerba sin restar solemnidad al evento.

Existen unas lindas bolsas de piel en la que uno puede acarrear su termo, su mate y su yerba de repuesto, pero a pesar de ello son legión quienes parecen no sentir merma alguna en su capacidad manipuladora o cansancio en sus extremidades superiores por el hecho de llevar todo el día los aperos saciadores de un vicio de claro componente social. Y es que por toda parte abundan las parejas o grupos más numerosos de amigos que se sientan en la rambla junto al mar, en los parques o en cualquier escalón de la calle sin más, a compartir el mate chupando todos de la misma bombilla (así se llama el caño metálico por el que se sorbe la infusión) y con un ritual concreto. Tampoco falta el mismo en cualquier reunión de trabajo. Y si alguien lo está sorbiendo a solas, a mí se me antoja por su mirada que está deseando que le pida un poco y me siente a procrastinar un poquito, así sin prisa. Eso ya deben ser mis ganas, que fuerzan impresiones aunque nunca lo suficiente como para generar atrevimientos.

Y claro, como hacemos en España con el vino, o en Camboya con el gengibre, por supuesto que aquí se da noticia de rigurosos estudios científicos que cantan las mil bondades del mate, que por los pelos no sirve ya igualmente para parar el dichoso cambio climático. Me morderé la lengua y evitaré citar a aquel antropólogo que ya sabéis... pero ya le surge a uno la duda del huevo y la gallina en relación con los gustos populares y las virtudes reales de las cosas que nos metemos en el buche.

Por mi parte, y volviendo a los conflictos ya mentados al principio, anoto en mi haber el error de no haberme hecho aún con mi mate, yerba, bombilla y matera, lo cual debe ser sin duda un fuerte obstáculo para la integración social. Sea como sea, lo voy a enmendar pronto.

Pero existen otras alternativas, como las que ofrece la universalización de la litrona, aquí no vinculada a edades ni estilos concretos. Es de lo más normal pues cruzarse con gente, sola o acompañada, con su litro de cerveza en la mano como si fuera un refresco de agua carbonatada aromatizado sabor a cola (perífrasis antiimperialista), que igualmente se consume a litros y en cristal. No es que tengan tres brazos, sino que en este caso el mate se posterga. El que anda litrona en mano por la rambla puede ser perfectamente un cheto de polo rosa, jersey al cuello y flequillo aznarino: nadie parece escandalizarse por ello. Y es que a ratos la famosa Suiza del norte se presenta como una sociedad bastante abierta, a pesar de que abundan las sospechas de fuerte conservadurismo, clasismo y bla bla bla.

Abundan otras cosas como los altos árboles que hacen de Montevideo una ciudad de color verde desde arriba aún sin abundar mucho los parques, y abundan los porteros de vecindario y las ganas de hablar... pero vamos a dejar un poquito para otro día.

Hay quien me reprocha que no hable de trabajo y me va a dar por hacer una encuesta aprovechando el mundo infinito de posibilidades que da esto del blog (por desfasado que digan que esté). No estoy seguro de que queráis ser aburridos por tales contenidos...



¿Jugando al volley en la playa?

1 comentario:

Anónimo dijo...

El mate amarga, aún tomándolo kon isla (de azúkar en vaso, se entiende). Asínke prefiero la cerveza, ke sí, ke ya sé ke amarga tb... xo me guxta...
Y sí, las transacciones, las visitas, los nkargos, las llamadas, los mensajes, los mikrófonos... Esas pekeñas kosas ke t hacen star un chin allá y un chon akullá, o viceversa, ke tanto monta - monta tanto...
Voy a seguir kon lo mío, ke ste año es mucho y nuevo (+ enfokado a lo edukativo ke a lo social) y eso me guxta: kómo la cerveza más ke el mate...
Besitos y Achuchones
El Señor Obskuro