miércoles, 9 de julio de 2008

1, 2, 3, 4, 5, 6, 7... CARRERA!


Phnom Penh es desde luego una ciudad en la que la figura del peatón es una reliquia en peligro de extinción no reconocida. En una especie de proceso de evolución darwiniana, los motoristas han ido eliminando al viandante del paisaje urbano, del mismo modo que ahora los autos (los ya mentados pajeros, prados, landcruisers y demás descomunales todoterrenos), más fuertes, se van imponiendo casi con violencia a las dos ruedas.

Los khemeres capitalinos son, en cualquier caso, mayormente unas personas a unos vehículos de motor pegadas (esto quiere decir con frecuencia hasta cinco personas en una vespino montadas). También se puede ver en ocasiones a una persona pegada a un vehículo de motor a su vez a otro vehículo de motor pegado, composición compleja digna de un análisis profundo por parte de los más prestigiosos estudiosos del arte del equilibrio. Al funambulista de turno aún le sobra valor para saludar agitando el brazo sonriente, sin miedo a que tal movimiento eche por cemento la proeza.

A uno se le antoja que resulta más sencillo y menos arriesgado incorporarse al loco tráfico rodado aunque sea sólo para cruzar hasta el otro lado de la calle, que tratar de hacerlo en línea recta caminando. De modo que siguiendo esta misma lógica, al final todo el mundo acaba por poner en desuso la suela de los zapatos.

La tendencia sedentaria a abandonar el hábito de hacer camino al andar resulta contrarrestada luego por repentinos arrebatos de aparente vigorexia. El proceso, vivido en mis carnes, que desde hace más de una semana pongo a remojo frecuente en una piscina en la que nadar resulta tan difícil como conducir (supongo que por la aplicación natural de las mismas normas de circulación), se traduce fácilmente en lo que me atrevería a llamar desenfrenada pasión camboyana por el ejercicio físico. Pasión que por otro lado no es de extrañar habida cuenta de lo divertente que pueden llegar a hacerlo (hasta desdibujar las fronteras con el mero baile pachanguero), y que alcanza su paroxismo en multitudinarias orgías aeróbicas.

La verdad es que no había llegado a intuir el alcance del asunto a pesar de conocer la versión local de la televisiva Eva Nasarre (versión masculina, pijama blanco, con la calle como plató y edificios simbólicos como fondo para las clases de tai chi); de ver que la gente sale a correr o caminar aceleradamente (como se da la vuelta al Valle) antes de que se haga de día (ejem, lo he visto en fotos); de pasar a diario, al salir del trabajo, por una avenida a la que alguien lleva un equipo de sonido y pone en marcha toda una lección de aerobic callejera, mientras se ven volar poéticamente de un lado a otro docenas de pelotas de badminton; o de que me sugirieran una y mil veces hacer ejercicio cuando hablaba de mis dolores de espalda, que al final son los que me han empujado a la piscina. No, con todo, lento yo, no me había dado cuenta.

Pero el domingo pasado pude disfrutar de otro de esos momentos en que me maravillo como descubridor tardío, cuando me acerqué por el Estadio Olímpico, gloria nacional en la cola de la lista de espera del COI, y que ya pasó a manos tailandesas por unas perrillas. Sí, el recinto en cuestión no pertenece, en su condición de propiedad inmobiliaria, a los camboyanos y camboyanas (la verdad, tampoco lo haría aunque aún fuera su titular el gobierno), pero eso no impide que llegado el fin de semana se apropien de él en forma de masivas hordas deportivo-festivas, que a partir de las cinco comienzan su ejercicio de gimnasia colectiva. La corona de las gradas se abarrota de grupos de personas de todas las edades y condiciones, cada uno de ellos liderado por un monitor recién salido de la peluquería más fashion imaginable, que al incorporarte se acerca para solicitar los 25 centavos de dólar que cuesta la sesión. Los y las asistentes inician así una serie de meneos coreográficos que pueden llegar a extenderse hasta las dos horas de duración y culminan con una exhausta exhibición de baile tradicional khmer. Cada grupo dispone además de su propio equipo de sonido megavático y por tanto también de su propio repertorio musical y su propio ritmo.

La escena se acompaña de joggers que recorren al trote las gradas a modo de pistas de atletismo en distintas direcciones, ya sea espectacularmente equipados o simplemente con vaqueros y chancletas. Mientras, los puestos de comida y bebida proveen al personal de avituallamiento calórico de alto contenido en grasas, amén de refrescos multicolores o los más simples y naturales jugos de caña de azúcar.

El resultado final te permite acariciar plenamente una reconocible sensación festivalera. Ese hormigueante ir y venir de gentes, esas músicas que se entremezclan según caminas, esos chiringos de cómida rápida y digestión lenta, esos toques danzarines que parecen inventados por el director artístico de Britney Spears durante una mala resaca... todo ello con un gran estadio como fondo, en el que al final lo de menos es el hecho de que no haya ninguna banda tocando sobre un escenario.

Sí, lo cierto es que me embargó la emoción propia de aquellos largos fines de semana musicales de verano y mis pies, confundidos, comenzaron a dibujar rebeldemente pasos de baile que arrastraron a su vez un contoneo de caderas, mientras mi vacía mano derecha adoptaba de manera inconsciente la forma de receptáculo para litro de cerveza, y me sobrevenía una especie de ebriedad no inducida: me lo estaba pasando pipa!

Queda pues claramente recomendada la visita a este evento semanal para cualquier persona que se deje caer por Phnom Penh. Más allá de lo pintoresco y agradable del cuadro, de lo espectacular de la visión de tanta gente haciendo ejercicio simultánea y semicoordinadamente, y de alicientes extra como una buena perspectiva de la puesta de sol y una brisilla ciertamente refrescante, la capital camboyana ofrece aquí su cara más amable, divertida, musical, alejada del tráfico y hasta ordenada.

Y para quienes tengan la agenda apretada, siempre queda la opción de asistir a la sesión de las cuatro de la mañana (!!!!!), en la que el día menos pensado me presento para dar más realismo a la impresión.

1 comentario:

Anónimo dijo...

¡¡¡llego tarde!!!
decía el konejito d Alicia...
son las 11:23, y la lectura de tu post me ha rekordao ke tngo ke ir preparándome pa ir a nadar...
¡¡¡llego tarde!!!

Besitos y Achuchones
El Señor Obskuro