
Ojo que va llover. Foto: Marc Serarols via flickr
Este domingo decidí no santificar las fiestas. Tampoco lo hice anoche, de modo que, una vez despierto a una hora prudente, se me ocurrió que la mañana de hoy podía ser buen momento para calzarme los championes y reanudar con calma ese maratón que vengo corriendo por etapas durante meses.
Había empezado a correr en noviembre, cómo no, detrás de una mujer, de la mujer. Es curioso, porque a pesar de ser en este caso menores su velocidad y su aguante, soy siempre yo quien corre detrás de ella. Por correr sin ella tuve un tropezón que me ha mantenido alejado de la alta competición por unos poquitos meses, y ahora toca reanudar la marcha con trote moderado.
La de hoy fue una mañana calurosa, más que en los días previos, pero el capricho obsesivo que tocaba para la jornada no tenía intención alguna de ceder. Así que salí de casa para probar suerte, y chequear los pieses, los pulmones y las glándulas sudoríparas. Por suerte dispongo de un agradable paseo junto al agua, carente de obstáculos y, suponía yo, climatizado por la brisa marina. Eso sí, toca caminar un buen rato hasta alcanzarlo. Con actitud pues, llegado al punto de salida arranqué frente al puerto deportivo con sentido hacia la parte antigua de la ciudad, a la que por cierto nunca logré llegar, a pesar de que se me antojó más cercana de lo esperado.
Nueve minutos, nueve míseros minutos, eso es lo que me aguantaron cuerpo y mente. En el asfixiante minuto ocho ya estaba alegrándome de haber salido con la fotocopia de mi pasaporte en el bolsillo, por si se daba el caso de que alguien tuviera que recoger mi cuerpo inerte del suelo y pensar qué hacer con él. Al siguiente la idea de una repatriación de mi cadáver al código postal correcto dejó de parecerme suficientemente satisfactoria, y me detuve, regocijado esta vez por haber metido en el otro bolsillo disponible plata suficiente para tomar un taxi.
Pero a veces me pasa que me pongo a caminar pensando que voy a dejar de hacerlo en cualquier momento, y ese momento no llega nunca. Así, crucé la avenida que discurre (no como ustedes) en paralelo al mar, considerando en primer lugar que sería mejor parar el taxi "un poco más allá, donde circulen en el sentido adecuado", y en breve me había reanimado a seguir a pie, "por ahora", probando suerte en la búsqueda de un atajo que me condujera a casa por calles desconocidas. Y bueno, si bien no estoy seguro de que encontrara un atajo, lo cierto es que llegué bastante más allá, siempre con la imagen gustativa del desayuno en mi mente, a modo de zanahoria atada a un palo.
Por suerte, aún medio a ciegas, suelo dirigirme siempre en el sentido correcto y girar en las esquinas adecuadas. No en vano en una ocasión me bautizaron como el Brújulo, aunque fuera por perder a un grupo numeroso por las calles de Sevilla, tras alardear ante sus miembros, apenas recién conocidos, de mi excepcional sentido de la orientación. Sí, el bautizo fue tan irónico como injusto, y si no se hizo con cerveza bendita es porque no había botella alguna a mano.
En esta ocasión, el único error que cometí, desviándome del buen camino (ya estaba en mi calle sin saberlo pero decidí hacer un giro más) me situó delante de un gran edificio de la altura de unos tres pisos, planta más o menos circular (al menos la parte que yo apreciaba), y pintado de un llamativo color azul. Su interior rugía sonidos de tumultos, mientras afuera se amontonaban grupos de personas, repartidas en torno a lo que parecían ser diferentes accesos. Hileras de gente entre la que me mezclé caminaban en dirección a este edificio, y algunos se detenían en los puestos de comida ultrarrápida que rodeaban el lugar.
Para cuando comprendí que había tomado el camino equivocado, la idea de llegar a casa para disfrutar de una rica ensalada de frutas había dejado de interesarme. ¿Qué mejor forma de pasar la mañana del domingo que disfrutando de un buen o mal espectáculo deportivo, probablemente fútbol, sentado en una grada compartiendo con desconocidos esa fabulosa capacidad de nadar una y otra vez entre el cabreo y el júbilo con la facilidad que sólo el forofo es capaz de lograr? Esa perfecta excusa para mezclarme con el lugareño me abría la perspectiva de un futuro plagado de domingos intensos fuera de la perfumada burbuja cooperantil. Así que encaminé mis pasos hacia uno de las puertas de entrada, la más concurrida, esquivando algunos omnibuses y sufriendo después una escalera que tampoco era para tanto.
Como quien persigue un espejismo; con la progresividad con que se empieza a intuir incrédulamente que aquella persona a la que se saludaba a lo lejos tan efusivamente no es quien parecía ser; con esa tímida certeza que se crece según comes distancia, diciéndote al oído que es hora de dar la vuelta mientras tú te empeñas en resistirte. De ese mismo modo doloroso y vergonzante, empecé a percibir señales de que aquello no era una cancha de fútbol.
Claro, me digo ahora, que tampoco aquella de la que había salido hora y media antes era mi casa, sino un apartamento prestado; no había corrido, - poco pero corrido-, por la rambla sino por la llamada cinta costanera inaugurada días antes de que asumiera el nuevo presidente Martinelli; el presidente no era por tanto Vázquez, ni el electo Mujica sin tilde; ese mar no era el Río de la Plata, sino el océano Pacífico, y al fondo del recorrido no estaba la Ciudad Vieja sino el Casco Viejo; aquellos edificios que no alcanzaban a darme sombra eran a pesar de ello bastante más gigantescos de lo que tengo acostumbrado a ver; la temperatura sumaba siete grados más que la habitual, y el sol quemaba demasiado verticalmente, por lo que a pesar de no tener el agujero de la capa de ozono encima, el ambiente era de igual modo achicharrante. Y una cosa era segura: esta noche no iba a cenar carne, ni pizza, ni empanadas, ni milanesa.
Aquello donde me metía sin darme cuenta no era una cancha de fútbol, sino una iglesia evangélica de la que por poco no salgo, y yo no estaba en Montevideo, ni siquiera en Uruguay, ni en Sudamérica. Estaba, y estoy, en Panamá, donde tanto no pensé que iba a regresar por vez tercera en menos de un año, que sólo dos semanas antes había tirado a la basura un útil mapa de la ciudad que aún conservaba desde la última visita.

Foto: Jonathan Templing via flickr
Si a alguien le tienta, estoy hasta el 31 de marzo...
Estoy flojo, ¿verdad?
3 comentarios:
Por un momento pensé que como el bueno de Gump, Forrest Gump, habías llegado corriendo a Panamá...
¡Ni mucho menos!
...estás fatal!!!...
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